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Saturday, February 7, 2026

Mentiras, malditas mentiras y estadísticas.

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Cuando nació la estadística en Argentina, con el censo de 1869 dando al país su primera cifra precisa (una población de 1.830.214 habitantes), Benjamín Disraeli –a quien se atribuye la cita del titular (“Mentiras, malditas mentiras y estadísticas”)– ya tenía en su haber su primer paso por el número 10 de Downing Street como primer ministro británico. Hablando de censos, quizás la crítica más fuerte que se le podría hacer al director saliente de la oficina nacional de estadísticas del INDEC, Marco Lavagna, es que hizo una oreja de cerdo con el undécimo y más reciente censo en 2022, pero, curiosamente, esto no ha figurado entre las racionalizaciones ex post facto de su salida el lunes pasado, como se explicó en los círculos gubernamentales. Este censo fue un caso de suerte a la tercera después de la primera cifra (siempre suponiendo que el recuento final sea correcto). En el mismo mes del censo (mayo de 2022), se anunció una cifra provisional de 47.327.407, que cayó inexplicablemente a 46.044.703 habitantes a principios de 2023. El total volvió a subir a 46.234.830 en el momento de las elecciones generales del otro final de ese año antes de descender a 45.892.285 “finales”. Estas enormes discrepancias nunca han sido explicadas. Por lo que sabemos, el nuevo jefe del INDEC, Pedro Lines, podría ser un estadístico muy superior a Lavagna, pero la imagen cuenta más que la sustancia en estos días y al estar a caballo entre el Frente de Todos y las administraciones libertarias en sus seis años al mando (o 2.227 días, si vamos a ser estadísticamente precisos), Lavagna dio a los cálculos oficiales una credibilidad que ahora se ha puesto en peligro gratuitamente. Después de haber retrasado la nueva metodología para medir la inflación antes de las elecciones intermedias de octubre pasado, el equipo económico estaba traspasando los límites cuando la pospuso nuevamente. Dado que las diferencias entre los métodos antiguos y nuevos son mínimas cuando se trata de la inflación de enero que se anunciará la próxima semana (según se informa, 0,1 por ciento pero se desconoce), las ansiedades del gobierno tal vez se comprendan mejor en términos futuros. Los servicios ocupan un lugar importante en la nueva metodología (que reduce el componente de alimentos del 40 al 32 por ciento, por ejemplo, afectando también negativamente las cifras de reducción de la pobreza) y si el Ministro de Economía, Luis Caputo, ha confirmado que finalmente se ha puesto fin al desorden de los precios relativos mediante algunos ajustes bruscos en la facturación de los servicios públicos (frenados el año pasado para las elecciones intermedias), sería difícil situar la inflación en la senda descendente que no ha seguido desde mayo pasado, sin importar la cifra del Presupuesto de 2026 del 10,1 por ciento. Además, el Banco Central finalmente se ha propuesto este año acumular reservas, pero el cambio simultáneo de política de tratar de poner fin a las renovaciones de emisiones de bonos en el pago de la deuda pondrá a prueba esas reservas, exigiendo aún más pesos para atesorar esos billetes verdes y, por tanto, arriesgando más inflación. Otro argumento en contra de la actualización de la metodología. El golpe a la confianza que supone esta interferencia política institucionalmente desordenada en la formación de estadísticas (aunque sea un juego de niños en comparación con la manipulación de las cifras por parte de los kirchneristas) aún está por verse en el futuro; el resto de esta columna estará dedicada al pasado desde aquel censo de 1869. Pasó casi un siglo desde ese primer censo hasta la creación del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) por un gobierno militar en 1968. A ese censo inicial le siguió un sistema de estadísticas comerciales que se perfeccionó entre 1870 y 1879 para la Aduana, el núcleo de los ingresos argentinos desde la época colonial. Luego vino la recopilación de estadísticas para una inmigración en rápido crecimiento a partir de 1876. La primera oficina nacional de estadística, que sufriría varias reencarnaciones y cambios de nombre, llegó en 1886. A ese primer censo de personas le siguió el primer censo de ganado en 1888. Hubo cuatro censos nacionales más anteriores al INDEC en 1895, 1914, 1947 y 1960. El de 1904 El censo de esta ciudad fue el primero en emplear mujeres encuestadoras. La Gran Depresión posterior a 1929 condujo a las primeras estadísticas de desempleo en 1932, seguidas de un censo industrial en 1935. A partir de entonces hubo escasa expansión a nuevas áreas antes de la creación del INDEC en 1968. El primer director del INDEC fue Juan Vital Sourrouille, que más tarde se haría famoso como ministro de economía del Plan Austral de 1985 (el censo de 1970 enumeró a 23.364.431 argentinos). marcó el debut del instituto. El gobierno militar impuso un fideicomiso para seguir más de cerca su creación en 1971, año también en el que nació la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que constituye la base de la recopilación de datos del INDEC hasta el día de hoy. El regreso de un gobierno peronista en 1973 hizo que el INDEC se colocara rápidamente bajo el ala del Ministerio de Economía, del que nunca se ha apartado desde entonces. El INDEC realizó el séptimo censo de la junta militar en 1980, arrojando un total de 27.949.480 habitantes. Básicamente la misma rutina desde el retorno a la democracia hasta el próximo censo de 1991 (32.615.528 argentinos). En 1999, el INDEC comenzó a coordinar su trabajo con las oficinas de estadística europeas con miras al acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea que recién ahora se hace realidad. Y así hasta este siglo con su primer censo en 2001 (36.260.130 habitantes). En 2003, la recopilación de datos de la EPH se convirtió por primera vez en un proceso continuo con publicación trimestral en lugar de dos veces al año. Y luego, en 2007, no llegó el mejor momento del INDEC, sino el más famoso en el último año de la presidencia de Néstor Kirchner: hoy hace exactamente 19 años, Graciela Bevacqua, una estadística profesional, fue reemplazada por la kirchnerista Beatriz Paglieri, seguida en agosto por Ana María Edwin como directora hasta 2014. Pero ambos últimos estaban enteramente bajo el control del notorio secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Siguieron seis años de falsificación, a menudo sobre la base de tomar los controles de precios como la cifra real, con cifras oficiales de pobreza realmente inferiores a las de Alemania (Aníbal Fernández no estaba técnicamente equivocado), con la persecución legal del personal del INDEC y de los economistas (incluido Lavagna) que publicaban cifras de inflación alternativas. Irónicamente, Néstor Kirchner –quien fue el primero en desatar este reinado de terror– murió el día del censo de 2010, el 27 de octubre de 2010 (40.117.096 argentinos). En 2015, Mauricio Macri ganó la presidencia y el INDEC comenzó a volver a realizar informes estadísticos honestos bajo la dirección de Jorge Todesca, quien dirigió el INDEC hasta apenas siete semanas antes de su muerte por cáncer y entregó el poder a Lavagna en el penúltimo día de 2019. Seis años después, ¿hacia dónde irá el INDEC a partir de ahora?

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