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Sunday, February 1, 2026

El son que nunca se apaga: viaje a la memoria viva del Son de Negro en el Canal del Dique; una de las danzas insignias del Carnaval de Barranquilla

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Leonardo Herrera DelgansPeriodista de EL TIEMPO en Barranquilla01 de febrero 2026, 12:01 AM Actualizado:01.02.2026 00:01A la orilla sofocante del Canal del Dique, cuando el sol cae y deja el aire cargado de ese olor a agua quieta y barro antiguo, Rodolfo Palomino Cassiani habla despacio, como si supiera que lo que dice no es solo un recuerdo, sino un hilo que amarra siglos.“La danza Son de Negro nace con el origen de los palenques. Se trata de una danza ancestral. Estamos hablando de 1603 para acá. Es una danza propia del Caribe colombiano y por eso ha sido la lucha para declararla patrimonio. Es una danza que ha perdurado en el tiempo. Ese fue el primer mecanismo de protección de los pueblos afro y por eso estaba conformada por hombres. Se trataba de defensor al pueblo frente a la colonia”, explica el líder palenquero, con la mirada puesta en el espejo del agua que ha visto guerras, reyes, repúblicas, dictámenes, olvidos.Y uno entiende, aunque todavía falte camino, que hablar del Son de Negro es hablar de un pueblo que hizo del tambor un escudo y de la danza una forma de seguir vivos.El cuerpo pintado de negro, el tambor y la mirada firme: símbolos ancestrales que aún protegen la memoria afro del Caribe.Foto:KronosPalomino cuenta otra escena, esta vez pasar más teatral y profunda: “En la danza existe una persona que se llama La Guillermina se disfrazó de un hombre de mujer, pero no era un gesto de discriminación, sino más bien una estrategia para mostrar que el grupo incluye a la mujer que acompaña la condición guerrera de los negros, que recorre con ellos muchos palenques para avisar y alertar sobre el enemigo así definido, es un proceso de comunicación ancestral”. Allí, en ese gesto de cambiar de piel, está también la astucia: La Guillermina no es una burla, es un mensaje. Es la representación de la mujer que alertaba, observaba el monte, avisaba si venía el enemigo. Una emisaria que nunca dejó de correr entre árboles, despejes y madrugadas. Un libro para que la memoria no se hunda en el silencio Esa historia, la que vive en la voz de Palomino y en cientos de voces parecidas, es el corazón del libro ‘Son de negro, ¡vive!’, editado por la Universidad del Norte de Barranquilla y dirigido por el investigador Luis Ricardo Navarro Díaz, doctor en ciencias sociales, quien lleva una década caminando veredas, grabando cantos, buscando viejos que aún recuerdan.“El título del libro Son de negro, ¡vive! nace como un homenaje a la memoria de los hacedores y hacedoras que han fallecido y que han dejado un legado a otras generaciones”, explica Navarro con serenidad de maestro que sabe que su trabajo es apenas un puente entre lo que ya está desapareciendo y lo que merece quedarse. Luis Ricardo Navarro Díaz, profesor-investigador, fue el director de la investigación que permitió la publicación del libro ‘Son de negro, ¡vive!’, editado por la Uninorte, El libro recoge una década de viajes, relatos y testimonios para evitar que la tradición se hunda en el silencio.Foto:Kronos- Guillo GonzálezEl proyecto, además, Reunión a Dina Luz Barros Marceles, abogada e investigadora social; a Tomás Francisco Caballero Truyol, doctor en historia; ya Francisco Javier Sarabia, gestor cultural y fundador de la Escuela Cimarrones de Mahates. Fue un equipo armado para una misión que exige no solo academia, sino afecto, paciencia y oído fino. El libro recoge diez años de recorrido, acumulando relatos, símbolos, obras, versos y testimonios sobre una danza que no nació para el teatro, ni para el escenario, ni para las cámaras, sino para resistir. Para avisar. Para convocar. Para proteger.“Caminar el territorio, interactuar con su cotidianidad, escuchar sus historias y tambores, fortaleció en la comunidad una tradición que, para algunos, está en vías de extinción, y para otros, se encuentra debilitada ante la muerte de sabedores y sabedoras, cuyas memorias no han sido registradas ni protegidas de forma sistemática”, dice Navarro. Es cierto: en el Canal del Dique sobreviven muy pocos registros sonoros y audiovisuales que documentan el Son de Negro. Mucho se perdió con el tiempo. Mucho se quedó en la memoria de viejos que ya no están.Por eso el libro no es solo un libro. Es una caja de herramientas, un archivo digital abierto en www.soysondenegro.com, un intento por salvar una memoria que estuvo a punto de convertirse en murmuro. Un son que se enseña caminando. Entre los primeros resultados, la investigación encontró un deseo colectivo: la comunidad quiere una cátedra de Son de Negro y una ruta patrimonial turística que rescate los caminos por donde la tradición nació, creció y resistió. Ambos proyectos ya fueron entregados a la alcaldía de San Cristóbal como insumos para alimentar una política pública cultural que trascienda los discursos y toque la vida real.Foto:Guillermo González / Agencia KronosContenidoPorque el Son de Negro no es solo movimiento. Es lenguaje, símbolo, corporalidad, pintura, ritmo. Es también una manera de educar desde la experiencia, desde la música, desde la ancestralidad. Navarro lo resume así: el Son de Negro es una manifestación protectora del patrimonio inmaterial del Canal del Dique, que atraviesa 113 kilómetros, 20 municipios y llega a Cartagena como un río que nunca se detiene. La investigación también comprende territorios que han sido pilares de esta tradición: Santa Lucía en el Atlántico; Mahates, San Basilio de Palenque, San Cristóbal, Higueretal de las Flores y la vereda San Antonio. Allí los tambores aún hablan y los mayores saben que si no transmiten su saber, el silencio ocupará su lugar. Los palenques: cuando resistir fue bailar Para entender la danza hay que retroceder hasta 1599, cuando en las tierras de Tierradentro (hoy Atlántico) y Cartagena se levantaron 33 pueblos de negros cimarrones. Eran palenques: territorios libres donde quienes habían escapado de la esclavitud organizaban su vida con autonomía, lejos del látigo y la opresión. Esos palenques fueron la primera fuerza que retó el sistema colonial español. Y con esa rebeldía brotaron las expresiones que hoy conocemos como bailes de negro. En el Festival Son de Negro, más de 50 grupos se reúnen para pintar sus cuerpos, tocar tambor y resistir desde la danza. Foto: Kronos Las manifestaciones culturales eran actos de resistencia. Mientras en las fiestas del 11 de noviembre la sociedad colonial marcaba jerarquías y castas, los palenqueros bailaban para reafirmarse, para sobrevivir, para decir aquí seguimos, aunque la historia oficial no nos nombre. La tradición cargaba ritmos traídos de África, sobre todo de regiones del Congo y Zaire. Y aunque el territorio cambió, la música viajó con ellos. El tambor se hizo otro, pero siguió siendo el mismo. Maximiliano Orozco, un hacedor ya fallecido, lo explicaba con certeza: la danza nace a orillas del Magdalena, en Robles, aunque su origen es africano. Se extendió por los brazos del río hasta San Onofre, Mahates, San Basilio, donde los cimarrones tocaban tambor y guacharaca para convocar a su gente. Los bailes que el tiempo quiso borrar En el siglo XIX, los bailes de negros eran parte esencial de las fiestas en el Estado Soberano de Bolívar. En Cartagena se veían en los arrabales: tambores sonando fuerte, cuerpos pintados, multitudes vibrando. La afrodescendencia se fundía con la vida de la región: la pesca, los animales de monte, los árboles del canal. Todo se volvió símbolo, objeto, accesorio para la danza. La atarraya, por ejemplo, pasó de herramienta a elemento ritual.Pero el siglo XX llegó con fuerza. La globalización, los nuevos ritmos, lo moderno arrasó las tradiciones. Los bailes fueron desapareciendo. El Son de Negro se volvió casi un susurro. Para recuperarlo, los hacedores crearon en 1996 el Festival Son de Negro de Santa Lucía. Cada año se reúnen más de 50 grupos de toda la región. Es un acto de resistencia colectiva: van los viejos, los jóvenes, las nuevas generaciones que quieren aprender a pintarse de negro, a sentir el tambor, a entrar en trance. Con el tiempo, la danza abrió sus brazos a la modernidad. Llegaron los colores fosforescentes, los labios pintados, ritmos mezclados. Y también llegó la mujer a la escena, ya no como personaje oculto, sino como protagonista. La Guillermina se convirtió en símbolo de coquetería, fuerza y ​​libertad.Y eso también es resistencia: que la tradición respire y se renueve sin perder su esencia.Tres siglos de lucha en un solo tamborEl Son de Negro sobrevivió al látigo, a la colonia, al silencio, al desprecio, a la república que no lo quiso ver. Sobrevivió al siglo XX, a la presión cultural, al olvido institucional. Hoy, lejos de desaparecer, se ha convertido en una de las danzas más queridas de los carnavales del Atlántico: es protagonista en los grandes desfiles y presentaciones oficiales del Carnaval de Barranquilla, pero también está en la Batalla de Flores de Santo Tomás y en la Gran Parada de Palmar de Varela. Cuando entran los bailarines, con el cuerpo cubierto de aceite y carbón, el público vibra: es el espectáculo más antiguo de nuestra memoria.Foto:KronosContenidoEn el 2025, esta danza nació entre las aguas y las comunidades ribereñas del Canal del Dique, fue declarada Patrimonio Histórico, Étnico y Cultural de la Nación por el Congreso de la República. “Contrario a las propuestas de la sociedad del consumo, el hijo de negro es afirmación de la vida, específicamente defensor del buen vivir: lo que expresa en su puesta en escena es permanente alegría y disfrute de la danza”, sostiene Navarro.Y tiene razón. En sus versos se habla del mundo, del río, del monte, de la vida diaria. En sus tambores se escucha a los ancestros. En su pintura está el eco de África. El Son de Negro es una forma de narrar la existencia a través del cuerpo. Una pedagogía de la memoria. Un acto de resistencia estética y espiritual. El son que nos sigue llamando En el Caribe, la resistencia no siempre se escribe. A veces se baila. A veces se golpea en un tambor de cuero mientras el cuerpo, negro, brillante, firme, se mueve como si encarnara siglos de lucha. La crónica del Son de Negro no termina. El libro Hijo de negro, ¡vive! es apenas una estación en un viaje que sigue. Un viaje que depende de los niños que hoy aprenden el paso básico, de los viejos que recuerdan un verso, de los investigadores que documentan, de las mujeres que reclaman su lugar, de los músicos que mantienen el pulso. El Canal del Dique, testigo de todo, sigue allí. Moviendo lento el agua. Guardando historias. Repitiendo lo mismo que dicen los tambores: Mientras haya quien baile, el son vive. Mientras el son viva, vive el pueblo.LEONARDO HERRERA DELGANS periodista de EL TIEMPO leoher@eltiempo.com y en X:@leoher70Le puede interesar¿Cada cuánto debe hacerse una limpieza dental profesional? | Le tengo el remedioFoto:Reproducir Video Conforme a los criterios de

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