Fantasma relincha y, al sacudir su cabeza, se agiganta la figura imponente del Plata, el vigía de este valle con sus casi 6.000 m de altura. Como aquella cumbre, el animal parece bravo, pero no lo es. “Tiene carácter nomás”, asegura Agustín Veggiani, tercera generación de baqueanos. Es quien recibe a nuestro grupo, de unas 10 personas, que ya se alista en el puesto Quebrada del Cóndor (www.quebradadelcondor.com), la estancia de 5.000 hectáreas que es base para esta travesía y que se ubica a unos kilómetros de la RP 89, la que conecta Potrerillos con Tupungato, de cara a la Cordillera Frontal. “Este es un emprendimiento familiar, que se inició con mi abuelo unos 45 años atrás. Desde entonces la descendencia lo ha trabajado, agradeciendo semejante belleza disponible, en medio del parque provincial de este cordón único”, agrega. Vaya si tiene razón. Parte de este imponente sector de los Andes, el cerro El Plata acompaña la estadía, y su dimensión hace ver pequeño todo lo que lo rodea. Pero además de su valor paisajístico, recreativo y deportivo, el área protege cuencas hídricas fundamentales, no sólo para Mendoza sino para las provincias más al sur, por las que ríos y arroyos siguen su andar. Asimismo, el sector resguarda 175.500 hectáreas de los departamentos de Luján de Cuyo y Tupungato, y se vuelve un enclave vital para la aclimatación de quienes se atreven al Aconcagua. Lo nuestro no será escalar ni caminar esta vez. La idea es vivir la experiencia del paseo a caballo atravesando pampas, valles, picos y quebradas, ladeando algunos precipicios y sorteando vastos cauces que dan vida a uno de los territorios más bellos del país. A la pulpería Desde la ciudad de Mendoza se tarda una hora y media hasta la estancia, y el subidón se siente. Al llegar estamos ya a 2.400 msnm, y si bien algunos turistas llegan solos en auto, los Veggiani suelen buscar a sus pasajeros en la ciudad y traerlos charla mediante. Ese trayecto en común oficia de curso sobre lo que vendrá, desde el traqueteo por los senderos del valle al trato que requieren los animales, o el cuidado del medio ambiente, tan frágil y prodigioso. Monturas, guantes por el fresco matinal y unos buenos mates son anticipo de las charlas sobre profesiones y destinos de cada integrante, que recorren la ronda en medio de un fabuloso escenario natural. Al rato estamos ya montados, mientras una parte del equipo queda en la base y traslada leña y tablones hacia uno de los rincones. “Para el fueguito”, dice Agustín, resumiendo el asado que nos esperará. Ocurre que todas las caminatas o cabalgatas incluyen comida, aunque en esta época del año, cuando el frío acecha antes y después del sol, sólo se ofrece almuerzo. Para salidas de un día, como la nuestra, esa mesa se monta temprano junto al puesto, de cara al cañón verde y generoso que pronto visitaremos. Adentro, donde también se puede comer, el quincho está ambientado como una antigua pulpería que no escatima en folklore y sabores caseros, pero admite restricciones alimentarias presentes en todo grupo. Acompañados Enfilamos entonces hacia un amplio sector verde flanqueado por dos grandes picos a ambos lados, y vemos algunas vacas y más caballos que pasean libremente. Al rato podemos divisar con claridad, aunque un poco lejos, algunos cóndores. El guía promete ver también guanacos, liebres y zorros, gracias a una marcha lenta y contemplativa que no propone galope. Al rato estamos ya sobre el sendero que nos llevará al mirador a 3.000 m de altura, con vistas panorámicas hacia los valles de Uco, Potrerillos y La Carrera, donde entran nuevamente en acción los cóndores. “Antes hacíamos salidas exclusivas para verlos, dado que nuestro terreno es uno de los que se tiene en cuenta para el conteo poblacional que realiza la provincia, justamente por la cantidad de ejemplares que se ven aquí. Pero, la verdad, el avistaje se da de manera natural y no tenía sentido. Este cordón atesora una cantidad enorme de aves, y si se murió un animal cerca, podés llegar a ver decenas girando en círculo”, agrega Agustín. Marcar el ritmo “No lo dejes tanto”, le dice el guía a uno de los turistas, a quien Fantasma ignora con decisión para tomar agua en cada arroyo y comer hierva fresca del camino. “Tenemos un conocimiento profundo de nuestros caballos porque son parte de nuestra familia. Y de sus mañas. Son mestizos, criados a la usanza de la región, cuestión que se ve en su andar, reforzado por las monturas tradicionales de la zona”, señala. Algunos, como las personas, son más dóciles o marchan en modo “automático”, pero nunca falta el revoltoso del grupo. “Eso no impide el paseo para grandes y niños, como hacemos desde que empezamos”, explican sobre la salida. Así, promediando las dos horas, un jabalí cruza un arroyo a unos 50 m y le gana de mano al puñado de guanacos que espera adelante. Casi de inmediato llegamos al punto panorámico, espacio que también permite acomodar monturas, comer algún snack y descansar. “Nunca falta el mate, claro, pero con este fresco nada como un vinito”, dice Agustín mientras descorcha. Una vez estiradas las piernas y con varias fotos para el recuerdo, se emprende la vuelta por un sendero similar. Hay que destacar que nunca se va rápido, ya que el perfil de esta cabalgata es familiar, enfocada en la seguridad y abierta a todas las edades. Asimismo, la estancia cuenta con guías bilingües para casos en que es necesario. Un buen premio La provoleta con mermelada envuelta en masa cruje ante nosotros. Es una gran recepción, mientras se acomodan bancos y se arriman al fogón algunos ponchos, preparando el cierre de la actividad. Esa delicia antecede un ojo de bife contundente y verduras a la plancha con los famosos tomates redondos mendocinos, cuyo tamaño asombra a más de uno. “Todo es casero y los insumos son parte de la producción local, nada se trae hecho de otro sitio”, dice el mozo. Un flan casero y el Malbec del Valle de Uco producido por un amigo de la familia y etiquetado con el nombre de la estancia, cierra la jornada maridando sabores y placeres, como esta tierra lo merece. “La estancia tiene su vida también por fuera del turismo. Criamos vacunos y tenemos una tropilla de caballos y de mulas, pero para mí es un honor atender a la gente. Lo hacía mi abuelo, luego mi viejo, con quien trabajé unos 15 años hasta su accidente. Y ahora yo. Esta tierra merece ser compartida”, finaliza. ¿Te apasiona la vida al aire libre, la aventura y la naturaleza? Recibí las mejores notas de Weekend directamente en tu correo. Suscribite gratis al newsletter
En los campos de Mendoza, jineteando por los faldeos del Plata
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