Los mercados abrieron las puertas muy temprano, dueños de perros los llevan a pasear por la vereda, los autobuses trabajan con su ruido habitual, los mototaxis zigzaguean en las carreteras, en las tiendas de electrodomésticos alguien compra una cocina, la gente ve el atardecer desde la Esfera de Soto en la antes autopista Francisco Fajardo. Parece un sábado normal en la capital de Venezuela, un país que hace diez días se sacudió con fuerza inaudita debido a un doble terremoto destrozó el medio litoral y varios puntos de Caracas. A pesar de la aparente cotidianidad del fin de semana, las huellas están ahí. En los escombros en Los Palos Grandes, donde las grietas surcan los edificios y todavía causan que los transeúntes se detengan a hacer una o dos fotos. También en los puntos de acopio camuflados en las avenidas y en la presencia policial, sobre todo en el centro de la ciudad, en el que edificios de la Misión Vivienda se han visto seriamente comprometidos. Más allá de estos espacios, la vida transcurre con lentitud, con lluvias ocasionales y un calor pegajoso que embota los sentidos. “Salí a desconectarme un rato. Si sigo viendo el teléfono me voy a volver loca. Hay demasiadas fotos de cadáveres, las envían por los grupos de WhatsApp. He visto noticias buenas, pero la mayoría que me llega son malas y verlas es como si me drenara la energía. Además me siento muy mal por las personas que se quedaron sin casa y sin familia, cada vez que leo una de esas historias me dan muchas ganas de llorar. Me sentí tan agobiada en casa esta semana que hoy decidí salir con mi esposo y la verdad no me he sentido mejor Pero por lo menos me está dando el aire”, dijo Karla Valencia, de 37 años, a Efecto Cocuyo este 4 de julio en La California. En Petare, el barrio más grande de Latinoamérica, en el municipio Sucre del Área Metropolitana, los comerciantes venden desde sus toldos improvisados y en sus pequeñas tiendas. No han tenido tantos clientes como esperaban este sábado, pero las personas siguen comprando uno o dos productos constantemente así que los números no son nada críticos. En la redoma, donde está la plaza del Cristo, se extiende un barullo poco extraordinario. Lo único que cambia es el contenido de las conversaciones: todas giran alrededor del sismo, de los rescatados, de aquellos que no tuvieron tanta suerte. Cifras oficiales señalan que hay al menos 2.954 muertos. “Las personas siguen comprando. Algunas aprovechan el bajón del dólar para buscar divisas. En mi caso yo he vendido mucho enlatado, a veces creo que es porque están donando eso en otro lado. Desde hace tres días es una de las cosas que más vendo (…) El día después del terremoto yo dije que me iba a esperar a que todo se tranquilizara pero después abrí en horario normal. Es que si no trabajo mi familia no come ¿me entiendes? La vida sigue, aunque nos cueste aceptarlo. Yo todavía siento que estoy como en un mal sueño”, dijo Jeffrey León, comerciante en el mercadito de Petare. Realidades Paralelas En las calles de Altamira y Los Palos Grandes, en el municipio Chacao, el escaso tráfico caraqueño coexiste con el rugido sordo de la maquinaria pesada que remueve escombros cerca del colapsado edificio Petunia. El desplome de tres inmuebles y los huecos que dejaron siguen siendo una herida abierta a la vista de todos, custodiada por cintas de peligro y rescatistas exhaustos que trabajan llenos de sudor. Los vecinos han ayudado a recoger algunos restos de mampostería caída de las aceras. Al lado de la entrada del edificio Argentum coloque una fila de sacos bien ordenados. En la avenida San Felipe han acordonado el perímetro debido al riesgo de desplome de algunos edificios afectados. Alrededor, los icónicos cafés y panaderías del sector han reabierto, pero la dinámica es puramente de subsistencia. Hay poca gente tomando café o helados. En los porches de varios inmuebles aún se reúnen algunos sexagenarios a conversar sobre las noticias que llegan desde La Guaira, el estado más afectado por la catástrofe. “Hoy me impresionó mucho cómo se está empezando a volver a la vida normal. Hay restaurantes abiertos, gente trabajando e incluso los perroscalenteros están en la calle. Es una realidad que en algún punto tenemos que regresar todos a lo nuestro. Hay personas como nosotros, que somos voluntarios, que estamos acá intentando ayudar, arropándonos hasta donde nos llega la cobija”, expresó Daniela Baptista, coordinadora de un grupo de voluntarios de Los Palos Grandes y estudiante de medicina. Baptista indicó que las donaciones, que hasta finales de junio habían recibido en tropel, han bajado de intensidad en la última semana. En Altamira ya no se necesitan tantos recursos o insumos para rescatistas, aseguró, por lo que envían la mayoría a La Guaira. Insistió en que es primordial que los venezolanos no se olviden de las víctimas, en especial de los damnificados que en las próximas semanas necesitarán mucha ayuda. “Siempre podemos organizar el tiempo. Puede haber momentos en los que se puede ayudar, así sea desde casa, difundiendo información sobre lo que se necesita. Siento que todo el mundo tiene algo que aportar”, afirmó Baptista. Apenas a dos kilómetros de distancia, cientos de personas campan de forma improvisada en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda y sufren por las lluvias causadas por la Onda tropical 22. Al lugar han llegado animadores y recreadores con globos para alegrar a los niños por unas horas. En la entrada, el centro de acopio y los puntos de se mantienen operando. Bomberos y miembros de Protección Civil monitorean la situación. Bajo los jardines de Burle Marx aparecen cada vez más carpas multicolores de gente que no tiene a donde ir y que espera respuestas del Estado. A otros 3 kilómetros hacia el este, familias enteras pasean en el centro comercial Sambil de Chacao. Grupos de universitarios dan vueltas en las tiendas de ropa, adolescentes comen churros y barquillas mientras miran vitrinas, algunos dependientes miran disimuladamente el partido de fútbol entre Francia y Paraguay desde sus teléfonos. “Esto es demasiado raro. Es como si todos nos forzáramos a volver a la realidad de golpe. Parece domingo en vez de sábado. Si te pones a ver por encima, parece normal. Pero te paras a reflexionar de verdad y esto no tiene nada de normal. Hay gente quedándose en carpas por Caracas, chamos que ya no tienen casa, demasiados muertos allá abajo (La Guaira) y luego vienes aquí y la gente está comiendo hamburguesa, comprando sus cosas. Es todo muy raro”, dijo Yaison Cabrera, de 25 años, motorizado frente al Sambil. Qué pasa en el centro de Caracas El centro de Caracas no escapa a la normalidad de papel que se ha instalado en la capital. El metro funciona, aunque no muchos lo usan este fin de semana por precaución. La mayoría del transporte es superficial y en La Hoyada el habitual atasco de automóviles no ha cambiado en nada. A 800 metros, en Nuevo Circo, 400 personas siguen esperando respuestas sobre sus edificios dañados, pertenecientes a Misión Vivienda. En la famosa Plaza de Toros, que data del siglo pasado, más de 70 carpas y pequeños refugios improvisados ocupan cada rincón del recinto. “Ya está aquí el equipo de demolición tumbando las paredes que se encuentran en riesgo en el edificio. La lluvia nos sigue afectando fuertemente. Pero tenemos la esperanza de que esto sea rápido y podamos regresar a casa”, explicó Lucía Pérez, refugiada, a Efecto Cocuyo. A los niños se les nota el cansancio en los ojos. Tienen la mirada agotada ya sus padres se les agrandan las ojeras con el tiempo. Allí no han parado de llegar voluntarios independientes con insumos para los afectados. El centro de Caracas no tiene el verde del Parque del Este para calmarle el ánimo a nadie. El sonido de fondo es el tráfico y la vida en las avenidas cercanas. Al caer la noche, la capital apaga sus ruidos y se enfrenta a su verdadera dimensión tras el terremoto: existe una vigilia colectiva desde cientos de carpas de este a oeste. La normalidad forzada se disuelve bajo las nubes grises que han cubierto el cielo estos días. Se cumplen diez días en los que la población ha intentado convencerse de que el peligro pasó ya. Entre realidades paralelas, el fin de semana terminó con la misma lentitud con la que comenzó.
Caracas en una forzada normalidad a diez días del terremoto
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