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Sunday, May 3, 2026

Hacia una junta de gobierno

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Por Alexis Alzuru La consigna “elecciones ya” se ha convertido en el nuevo mantra de la política venezolana. Se repite como si fuera una verdad evidente, como si bastara con votar para reconstruir una democracia que ha sido desmantelada. Sin embargo, la única certeza que contiene esa convocatoria es su carácter nocivo; pues, es puro personalismo comunicado político como urgencia democrática. La Venezuela que eligió a Hugo Chávez no era un desierto de capacidades. Tenía capital humano, universidades activas, una red de centros de investigación y una clase media de cuatro millones de personas. Era un país con problemas, sí, pero con recursos y estructura. Y, aún así, no logró defender su democracia. Un dato sobre el que debe reflexionarse, no ocultarse. Sobre todo, porque la Venezuela de hoy es radicalmente distinta a la del 98. De hecho, al filo de la tercera década del siglo XXI, el país descubre que no solo perdió casi todo su capital intangible, sino que ha comenzado a perder la capacidad de reproducirlo. En este contexto, insistir en elecciones inmediatas no es una decisión reflexiva ni oportuna. Es precipitarse. Reducir la democracia a un acto electoral, supone que votar es suficiente para reconstruir lo que fue desmontado durante décadas. Como si las condiciones emocionales, cognitivas, educativas, materiales e institucionales fueran detalles secundarios. Pero no lo hijo. Son el punto de partida. Las democracias no colapsan en un único acto ni se reconstruyen en un solo evento. Se erosionan cuando desaparecen las condiciones que las sostienen, y solo pueden recuperarse cuando esas condiciones se reconstruyen. Pretender que una elección presidencial sustituya ese proceso no es una estrategia; es una típica maniobra del personalismo populista que ha oscurecido estos tiempos. Las elecciones dependen de la democracia. La política funciona exactamente al revés de lo que sugieren quienes llaman a presidenciales rápidas: Las elecciones no crean democracia; depende de ella. Sin condiciones mínimas, el voto no corrige la deriva autoritaria. La legitima o la recicla. Por tanto, no toda elección es democrática. De allí que sin condiciones, votar es una emboscada vil contra la institucionalidad democrática y la libertad. Por eso, la secuencia de la agenda política importa. Y mucho.Primero el país. Luego las elecciones. Primero el ingreso, porque sin estabilidad material no hay espacio emocional para deliberar. Primero la educación, porque sin masa crítica no hay pensamiento autónomo. Primero la recomposición del tejido social, porque sin estructuras intermedias no hay equilibrio político. Después, las presidenciales. Invertir ese orden no es un acto de amor hacia los venezolanos. Tampoco es una jugada maestra. Es irresponsabilidad. Un país empobrecido y saqueado como Venezuela no delibera: sobrevive. Una sociedad desescolarizada como la nuestra no argumenta: únicamente repite lo dicen las redes sociales. Una sociedad sin clase media no equilibra: se polariza o se somete y, por lo general, los ciudadanos terminan siendo humillados. Cuando la vida en sociedad deja de ofrecer movilidad y horizonte, la democracia pierde legitimidad. Y cuando desaparecen las condiciones para el pensamiento autónomo, la ciudadanía, igualmente, desaparece. Y he aquí el problema que muchos quieren borrar: si el país del 98 —con más recursos, más capital humano y mejores condiciones— no logró defender y preservar su democracia, entonces, este pueblo que ha sido arrasado: ¿con cuáles capacidades podría administrar un regreso exprés y personalizado a la democracia? Acaso, ¿tiene el venezolano de a pie condiciones para defender y sostener una transición hacia la democracia que sería partidista, personalizada y polarizada? La tesis “presidenciales ya”, no es realismo político. Es voluntarismo. Peor: es una narrativa que desinforma sobre el problema de fondo que los venezolanos deben encarar: El asunto no es cuándo votar, sino en qué condiciones votar. Y hoy esas condiciones no existen. El regreso a la democracia no puede plantearse como un evento inmediato, sino como un proceso que requiere un mecanismo transitorio capaz de consensuar el piso mínimo sobre y desde cual la democracia pueda reconstruirse. La propuestaEse mecanismo tiene nombre y apellido: Una junta de gobierno. Una junta de gobierno no es una figura simbólica ni un atajo para el reparto de cuotas, sino una instancia de conducción plural, con autoridad para estabilizar el país, atender la emergencia social y pactar la reconstrucción de la democracia. Una junta, por cierto, bloquearía la personalización de la transición y obligaría a construir acuerdos básicos para atender aquellos problemas que erosionaron la democracia puntofijista. Pero hay un punto que debe decirse a quemarropa. No se necesita una transición de meses; Pues, se trata de gestionar un radical proceso de cambio. Por lo tanto, ese proceso debería cubrir el tiempo restante del período presidencial actual. Serían cuatro años de trabajo orientado a definir y consensuar aquella canasta de acuerdos básicos en los que sería re-enmarcada la democracia. La democracia no comienza en la urna. Comienza en la vida. En el ingreso que permite planificar. En la educación que forma criterio; en el trabajo que estabiliza. En la dignidad que posibilita elegir con autonomía. Sin esas precondiciones, entre otras, unas presidenciales solamente permitirán elegir a otro autócrata, en el mejor escenario, pero no reconstruir la democracia. ***Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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